Pronombres

Esta es la historia de dos desconocidos, desconocidos que cuando se volvieron a ver ella le dijo: Aún te brillan los ojos.

Él contestó: A ti te siguen temblando las piernas.

“No solo eso, te pienso y te recuerdo, te insomnio”, repuso.

Y pensar que cuando se cruzaron por primera vez ella estaba acompañada por la indiferencia y él, él estaba acompañado por su ego quien le dijo “tú serías una mejor compañía para ella”.

Había algo en común entre él y ella, eran palabras, ella era poesía y él puro cuento, pero cómo si de dos completos extraños se tratase empezó la historia.

Empezó la segunda vez que se cruzaron porque aquella fue la primera vez que se vieron directo a los ojos y allí sucedió algo sin necesidad de cupido.

Ella usó su cuerpo como arco, su mirada y sonrisa fueron la flecha.

Ese instante fue como una foto extraña, donde lo primero que él pensó fue “Me gusta” y ella algo atónita no se atrevió a comentar.

No fue necesario cruzar ni una sola palabra, ya sabían que tenían sus propias razones para verse de nuevo.

Luego de ese día se escribieron y a través de chat concertaron su cita, cita que a los pocos días se dió y al observarse de nuevo por fin percibieron aquello que tenían en común.

En aquél afluido lugar quienes los rodeaban no lo creían, entre ellos solo veían una lluvia de letras, pero él y ella comprendían que cada palabra los hacía sentir más completos.

Eran el perfecto ejemplo de un querer extraño, tan extraño que:

– Ella decía para siempre y él se oponía como nunca.

– Él respondía como un libro abierto así que ella comprendió que podían existir más lectoras.

– Ella era efímera con sus versos, no podía ser de otra manera porque él le tenía alergia a las mariposas.

– Él no decía un “te quiero” para no sentenciar la historia, ella aprendió que con silencio también se podía responder.

En cada frase que se cruzaban se sentía ese particular complemento que eran, vibraban con cada palabra que uno le decía al otro.

Ella quería saber si él era más que cuento, y queriendo escuchar la poesía que ella era le dijo:

— Dime algo precioso!

“No puedo, no sé sacarte una foto con palabras”, respondió.

— Ojalá pudiera creerte.

“Y yo a ti quererte” dice él.

— ¿Sabes que tú y yo no vamos a ser para siempre?

“Y tú que lo obvio solo nos hace perder tiempo?. Así que ¿quieres callarte conmigo?”, le sentenció.

Él pidió silencio porque por primera vez las palabras no fueron su fuerte. Con una mirada se lo dijo todo.

Ella cerró los ojos antes de ver si él se acercaba como bala o como beso, esquivarlo nunca fue opción.

Empezaron a desabrocharse todo para desnudarse por completo, pero él no logró soltar el nudo que tenía en la garganta.

Sin embargo, el silencio de él empezó a conversar con el silencio de ella, era como una danza de pausas, de puntos y comas.

Estaban mirándose en silencio pero deseándose a gritos.

“Acércate, tengo un secreto que gemirte” fue la frase con la que ella que rompió el silencio.

Desde ese preciso instante él disfrutaba de la poesía y ella ya aprendía del cuento. Fue lo mejor que les pudo pasar.

Fueron el uno del otro. No eran amantes, no eran novios y tal vez no eran amigos, pero para no dejar la duda ella preguntó:

— Entonces, tú y yo, ¿qué somos?

— Pronombres

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